
Hoy en día cuando alguien escucha la palabra hacker, es fácil que piense en un ciberdelincuente, un robo de datos o el típico personaje encapuchado y con careta de Anonymous frente a varias pantallas llenas de código verde, sin embargo, este sustantivo no siempre tuvo tal significado.
Mucho antes de los ciberataques, el malware o el robo de contraseñas, un hacker era, sobre todo, alguien con una enorme curiosidad por la tecnología. Una persona que no se conformaba con solo utilizar la máquina, sino que quería entender cómo funcionaba, qué había en su interior y hasta dónde podía llevarla.
Hackear en definición significaba cacharrear, probar, desmontar, modificar y buscar formas diferentes de resolver un problema.
A veces se trataba de mejorar un programa. Otras, de aprovechar mejor los pocos recursos disponibles. Incluso podía consistir simplemente en conseguir que una máquina hiciera algo para lo que, en teoría, no había sido diseñada, los primeros hackers en el terreno digital no aparecieron como agentes maliciosos. Eran simples estudiantes, técnicos e investigadores que trataban de comprender la maquina o simplemente estaban pasando el tiempo y probando sus habilidades sobre estas.

Antes de Internet y del cibercrimen
Para encontrar el origen del hacking hay que viajar a una época anterior a internet y la computación doméstica, durante los años cincuenta y sesenta, la informática estaba reservada a universidades, laboratorios, centros de investigación, grandes empresas y organismos gubernamentales. Los ordenadores ocupaban habitaciones enteras, costaban auténticas fortunas y su capacidad era muy limitada comparada con cualquier dispositivo actual.
Acceder a una computadora era todo un privilegio. Investigadores, estudiantes y técnicos tenían que compartirlas, reservar turnos y aprovechar al máximo cada minuto disponible de uso. Incluso en algunos casos la única forma de experimentar con cierta libertad era trabajar durante la noche, cuando la demanda de hardware era menor.
Aquellas limitaciones hicieron que la relación con la tecnología fuese muy distinta a la que tenemos y poco a poco comenzó a surgir una comunidad de personas que no se conformaba con su ración diaria de uso y que las cosas funcionaran.
También querían saber cómo y por qué lo hacían.
El MIT y el origen de la cultura hacker
Uno de los lugares más importantes en esta historia fue el Instituto Tecnológico de Massachusetts, más conocido como MIT.
Antes de que la palabra hacker se relacionara con la informática, dentro del MIT ya existía una cultura basada en la cooperación, el ingenio, las bromas ingeniosas y las soluciones técnicas poco convencionales.
Un hack, por definición, podía ser una modificación especialmente ingeniosa, una solución improvisada o una forma inesperada de conseguir algo que parecía difícil o directamente imposible, no tenía por qué estar relacionado con la informática.
Parte de esta cultura surgió alrededor del Tech Model Railroad Club, el club de modelismo ferroviario del MIT para crear soluciones en movilidad ferroviaria.
Sus miembros no se limitaban a montar trenes en miniatura. El club contaba con un complejo sistema formado por relés, interruptores, señales, cables y mecanismos eléctricos que controlaban las rutas de los trenes. Para algunos estudiantes, aquello se convirtió en un campo de pruebas perfecto.
Modificar el sistema, encontrar conexiones más eficientes o crear nuevos automatismos requería entender cómo se relacionaban entre sí todas sus piezas.
Cuando algunos de esos estudiantes tuvieron acceso a los primeros ordenadores del MIT, trasladaron esa misma forma de trabajar al mundo de la computación.
Probaron programas, estudiaron el funcionamiento de las máquinas, buscaron errores y crearon soluciones que no aparecían en ningún manual. No querían romper los sistemas por diversión. Querían conocerlos lo suficiente como para hacer cosas nuevas con ellos
Esta metodología de trabajo alternativo sentó las bases de la figura del hacker informático.

¿Qué significaba hackear?
En su origen, hackear no significaba entrar y controlar de forma maliciosa un sistema.
Un hack, por definición, era una solución técnica ingeniosa.
Podía ser una forma de ahorrar memoria, conseguir que un programa se ejecutara más rápido, corregir una limitación del sistema o utilizar una máquina de una manera que sus propios diseñadores no habían previsto.
Sin embargo, la clave no estaba únicamente en que la solución funcionase. También importaba cómo se había llegado hasta ella.
Dentro de aquellas comunidades existía una rivalidad junto a un cierto orgullo por encontrar soluciones sencillas y elegantes. Un buen hack demostraba que la persona conocía profundamente el sistema y sabía utilizar ese conocimiento de forma creativa.
No se trataba de escribir la mayor cantidad posible de código, sino de encontrar la forma más inteligente de resolver el problema.
Por eso, durante sus primeros años, la palabra hacker tenía una connotación positiva. Ser hacker significaba tener habilidad técnica, curiosidad y capacidad para pensar de manera diferente.
La imagen del hacker como delincuente aparecería bastante después.

Ordenadores compartidos y recursos limitados
Hoy cualquier persona puede aprender programación desde casa, crear una máquina virtual, un workspace o consultar documentación (stack overflow, github, etc)..
No obstante en los primeros años de la informática, todo era mucho más complicado, los ordenadores centrales eran comunitarios por departamentos enteros. El tiempo de procesamiento era vitaly los recursos disponibles eran escasos. No existían interfaces gráficas facilmente entendibles, videotutoriales, foros ni inteligencias artificales donde encontrar la solución a un problema en pocos minutos.
Los programadores tenían que conocer primero bien las máquinas con las que trabajaban y esto les obligaba a aprovechar cada recurso y a estudiar minuciosamente cada fallo. Muchas de sus ideas nacieron precisamente de esas limitaciones. No contaban con herramientas especialmente cómodas, pero tenían acceso a algo igual de importante: tiempo, paciencia y ganas de aprender.
Con eso fue suficiente para poner en marcha toda una cultura.

La ética hacker
Con el nacimiento de aquellas primeras comunidades con conocimientos avanzados comenzó por necesidad a surgir lo que hoy conocemos como ética hacker.
No apareció de un día para otro ni fue redactada como un manifiesto oficial. Era más bien un conjunto de ideas compartidas por personas que entendían la tecnología de una forma parecida.
Una de esas ideas defendía que el acceso a los ordenadores debía servir para aprender. Si una máquina podía ayudar a comprender algo, tenía sentido poder estudiarla y experimentar con ella.
También existía la creencia de que la información debía tanto liberalizarse como circular. Compartir conocimientos, código y descubrimientos permitía que otras personas mejorasen los sistemas y construyeran nuevas ideas a partir de ellos.
Dentro de esta cultura se valoraba más la capacidad técnica que el cargo o la posición de una persona. La mejor forma de demostrar que una solución era válida no consistía en presumir de conocimientos, sino en hacer que funcionara.
Tu destreza con el código era tu mejor curriculum.
Una solución real tenía más valor que un discurso. Una mejora útil importaba más que una jerarquía. Y comprender un sistema desde dentro era visto casi como una forma de independencia intelectual.
A pesar de que no todas estas ideas podían aplicarse sin límites, muchas si terminaron influyendo profundamente en la cultura del desarrollo de la informática.
De los laboratorios a la actualidad
La influencia de la cultura hacker perduró y puede verse reflejada en las bases de la informática de hoy.
Está presente en el software libre, en las comunidades que comparten en repositorios su código, en los proyectos colaborativos y en las personas que liberan documentación para que otros puedan aprender.
Incluso muchos desarrolladores de hoy conservan parte de esa filosofía. No se limitan a utilizar una herramienta. Si no que quieren conocer cómo funciona, qué limitaciones tiene y qué se podría mejorar.
La misma idea de ir un paso al frente también está presente en la ciberseguridad defensiva.
Un analista de seguridad debe ser capaz de mirar un sistema desde una perspectiva distinta. Tiene que imaginar cómo podría utilizarlo alguien que no va a seguir las pautas, qué caminos inesperados existen y qué partes se han considerado seguras sin haberlas comprobado realmente.
Pensar como un atacante no implica actuar como uno, sino adelantarse.

La complicada relación con los límites
Tampoco conviene presentar a los primeros hackers como figuras perfectas.
La cultura hacker siempre ha mantenido una relación complicada con las normas. La curiosidad puede llevar a descubrimientos importantes, pero como dice el refrán, puede matar al gato.
No es lo mismo experimentar con un sistema propio que acceder a una máquina ajena. No es lo mismo buscar vulnerabilidades dentro de una auditoría autorizada que aprovecharlas sin permiso. Tampoco es lo mismo compartir conocimiento técnico que publicar información privada o herramientas preparadas para causar daños.
Debido al crecimiento global de Internet, estas diferencias se volvieron cada vez más cruciales, por ello, hoy existen términos más concretos para distinguir entre investigadores de seguridad, pentesters, hackers éticos con ciberdelincuentes, hacktivistas, miembros internos de una organización o grupos vinculados a un estado, los cuales, a diferencia de hacker se les denomina como cracker.
Todos pueden utilizar conocimientos parecidos, pero sus objetivos, sus métodos y sus consecuencias son muy diferentes, esto nos avisa que la tecnología se ha vuelto más compleja y por tanto la palabra hacker también.
Aun así, en el centro de su significado original sigue existiendo una idea bastante sencilla: entender la máquina.
El arte de entender la máquina
Los primeros hackers eran simples estudiantes, investigadores o técnicos que pasaban horas delante de enormes ordenadores intentando comprender por necesidad el motivo del fallo de un programa o cómo podían aprovechar mejor los recursos limitados disponibles.
Su mundo era bastante menos espectacular de como se refleja en la películas, pero probablemente mucho más interesante.
En aquellos laboratorios nació una forma de relacionarse con la tecnología que todavía continúa presente. La idea de que una máquina no es una caja cerrada e intocable, sino un sistema que puede estudiarse, modificarse y mejorarse.
El hacker original no era necesariamente quien destruía una máquina o entraba en ella sin permiso, sino quien conseguía entenderla.
Esto nos enseña que los primeros hackers dejaron una enseñanza que todavía conserva todo su sentido: la tecnología avanza a base de aventurarse a ir mas allá.








